PARA DIABLOS LOS DE MI TIERRA, PARA DIABLOS LOS CAJABAMBINOS. - RAÚL URBINA PAZ

 

Este fue un dicho popular que cuando niño oía pronunciar a las personas más viejas de mi tierra; pero entiéndase bien, no para referirse a que nuestros paisanos fuesen los más astutos, inquietos o cundas, sino para resaltar la prestancia, dinamismo, colorido, alegría y belleza de la hermosa Danza de Diablos de Cajabamba, expresión folklórica que se ha vuelto tradicional en esta tierra norandina.

Año tras año siguiendo la tradición esta danza hace delirar de emoción a propios y extraños que van a gozar de la Feria Provincial de octubre, que se celebra durante ocho días a partir del primer viernes hasta el segundo domingo del mismo mes, en honor a la Virgen del Rosario Patrona de la ciudad. El abigarrado gentío los sigue de calle en calle para admirar el furor, destreza y hermosura de su baile al son de fogosas marineras y huaynos interpretados por las excelentes bandas de músicos que amenizan la fiesta. Durante una semana completa estos danzantes bailan sin descansar 21 bailes diarios entre marineras, fugas y huaynos, haciendo derroche de un envidiable estado físico y demostrando por doquier agilidad, destreza, coordinación, donaire y dominio en el zapateo de ¨punta y taco¨ que acompañado de un paso un tanto saltarín se ha convertido en tradicional, constituyendo una forma propia, muy cajabambina, de bailar las alegres marineras norteñas.

No hay ciudadano cajabambino, con raras excepciones, que no haya bailado esta danza por lo menos una vez en su vida, ya que todo joven desea pertenecer a ella.

La Danza de Diablos es la expresión más rica del folklore de esta tierra, danza de origen religioso que se remonta a la época de la Colonia.

Al respecto don José Sabogal Diéguez, el gran pintor cajabambino y representante de la corriente indigenista, nos dice en su libro ¨El desván de la imaginería peruana¨, que representa la transformación del arcángel Luzbel en demonio, por haberse rebelado contra Dios; por esto la lujosa indumentaria del diablo cajabambino es la misma que lucen los arcángeles de la imaginería colonial, consiste en blusón, faldellín, pantalón hasta la altura media de la canilla, pañuelo rectangular que de uno de sus vértices pende de la cabeza del danzarín y se extiende sobre la espalda; otro pañuelo pequeño que lleva en la mano izquierda empuñando el ramo de flores naturales y espadín metálico de 60 centímetros de longitud; un cinturón bordado que se ciñe en la cintura del blusón; zapatos blancos y espuelines metálicos; un látigo, rebenque o ¨chicote¨ en la mano derecha y una máscara tradicional de tipo angelical sobre la cabeza, con el agregado de haberle puesto cuernos para representar al diablo o demonio.

Se desconoce desde que año se viene practicando esta danza, existiendo al respecto varias hipótesis, siendo la más seria, coherente y creíble la que sostiene el pintor Sabogal. Sea como fuere, lo cierto es que se implantó durante la Colonia en diferentes pueblos de la sierra norte del Perú como : Cajabamba, Tayabamba, San Marcos, Ichocán; en algunos de estos lugares la danza evolucionó muy poco, siendo en Cajabamba el lugar donde de desarrolló y perfeccionó más; así con el transcurrir de los años, en Cajabamba se fueron confeccionando cada vez vestidos más lujosos con telas de seda, buscando siempre el contraste entre dos colores y bordando primorosamente a mano con hilos multicolores de seda todas las piezas de la indumentaria descritas anteriormente, siendo decoradas con profusión de lentejuelas, chaquiras, perlas, piedras de colores y rematando los bordes de cada una de las piezas del vestido con flecaduras doradas o plateadas.

En esta artesanía sobresalió siempre el buen gusto, la delicadeza y el arte de las mejores costureras cajabambinas, en décadas pasadas se distinguieron las artesanas Elia Valera, las hermanas Ponciano, Leonila Alcarraz, Elisa y Grimaldina Montano, Trinidad Rodríguez, Lucila Zanoni, Mercedes Castro de Johanson, Ofelia Rubio de Cuadra y la señorita Sofía Sisniegas. En la actualidad destacan las señoras Amparo Alayo de Arévalo, Dora Caballero de Rodríguez, Bernabita Rojas de Vargas y Bertha Moreno de Jara.

Desde finales del siglo XIX (1,890) y comienzos del siglo XX hasta 1,930 las máscaras grotescas que usaban los danzarines fueron transformadas en las máscaras de tipo angelical que se usan hoy, con cuernos de carnero decorados en muchos casos con pedrería de colores, con ojos de vidrio, orejas y dentadura de latón,  -dejando pequeños orificios al pie de los ojos, nariz, oídos y boca. Estas máscaras son confeccionadas siguiendo la antigua técnica llamada escayola que consiste en formar un molde de arcilla con las medidas que se le toma a la cabeza del danzante; sobre este molde se van colocando capas superpuestas de tocuyo adheridas unas sobre otras con cola; sobre la última capa que pueden ser cinco o seis, se aplica una base de masilla formada con polvo blanco de merluza y agua encolada, la cual una vez secada, lijada y pulida recibe luego el esmalte, dando la apariencia de una tez sonrosada y aplicando pintura negra o rubia al cabello. El iniciador de este tipo de máscaras fue el artesano cajabambino don Pablo Moreno Fernández conocido con el seudónimo de ¨Pablazo¨ por su gran estatura, continuando con esta artesanía su hijo Manuel Moreno Medrano y en la actualidad los artistas Carlos Vargas Paredes, Fernando Mantilla Rodríguez, Manuel Urbina Arroyo, Hugo Bocanegra Blas y otros.

Los látigos, rebenques o ¨chicotes¨ cuyo trenzado en cuero es una obra de arte de la talabartería cajabambina, con adornos de plata en el extremo superior del látigo y con empuñadura de madera. En esta artesanía en decenios anteriores destacaron los artesanos talabarteros: Matías y Pedro Sabogal Castillo, padre y tío del pintor José Sabogal respectivamente; Nicasio Pajares, Francisco Lezama, Zoilo Mercado Cabanillas, Fermín Espejo, continuando su hijo Leoncio Espejo Figueroa y en la actualidad sus nietos  Alejandro y Teodoro Espejo Iparraguirre; así como también el señor Elmer Baltodano Alegría conjuntamente con sus hijos.

Después de haber participado la danza de Diablos de Cajabamba en la ciudad de Lima, en la celebración del Sesquicentenario de la Independencia Nacional en 1,971; un grupo de personas amantes de la cultura y el folklore de Cajabamba, fundan la Asociación Danza de Diablos de Cajabamba el día 10 de septiembre de 1,972, fecha aniversaria de San Nicolás de Tolentino, agrupando a todos los danzarines y amigos de la danza, bajo la forma de una asociación con estatuto y reglamentos propios, con la finalidad  de defender, cultivar, promocionar y estimular el folklore cajabambino en su autenticidad y originalidad, especialmente la danza de Diablos y junto a ella la Danza de los Galanes, formada por niños que son el semillero de la Danza de Diablos.

Raúl Urbina Paz (2008). Cajabamba Eterna Tierra. 
Fotografía: Felipe Urbina Mogrovejo

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