Cajabamba: entre la desidia y la inmundicia
Cajabamba, descrita por el viajero y científico alemán Ernst Middendorf a finales del siglo XIX como una pequeña ciudad de calles estrechas, casas de teja y acequias que discurrían por sus vías, de clima benigno, pero sobre todo limpia y acogedora; por su parte mi padre, Raúl Urbina, recoge un dato revelador: según el acta del Concejo Provincial del 7 de diciembre de 1873, el empedrado de las calles comenzó durante la alcaldía de Manuel Sacramento Cárdenas y continuó con Agustín Flores. Es decir, hace más de ciento cincuenta años ya existía una preocupación por el ornato público. Hoy, pese al crecimiento urbano, pareciera que aquel civismo ha sucumbido ante el desinterés administrativo y la indolencia ciudadana.
He regresado a Cajabamba después de dos años para celebrar la fiesta de octubre en honor a nuestra Santísima Virgen del Rosario. Pero el reencuentro con mi tierra ha resultado desolador. Sus calles se han convertido en auténticas letrinas públicas, en un muladar de orines, excrementos, botellas rotas y desperdicios. El hedor nauseabundo, las emanaciones mefíticas y la cochambre que se acumula en sus esquinas componen un espectáculo de sordidez difícil de tolerar. A ello se suman las grescas y el desenfreno de quienes parecen confundir la celebración con el libertinaje.
Y por esas mismas calles, convertidas en una letrina pestilente, tuvo que transitar la procesión de la Santísima Virgen del Rosario. ¡Qué penosa contradicción! Un pueblo que se desborda en manifestaciones de fervor religioso, que evoca con orgullo las pinceladas de nuestro insigne José Sabogal, pero que parece incapaz de preservar siquiera el decoro y la limpieza de los espacios públicos por donde pasa su patrona. En términos arendtianos, el espacio público es mucho más que un lugar de tránsito: es el mundo común que compartimos, donde nos encontramos, actuamos y nos hacemos visibles ante los demás. Su degradación no revela únicamente una deplorable falta de higiene, sino también el menosprecio por aquello que nos pertenece a todos y cuya preservación constituye una responsabilidad compartida. No sé, entonces, qué resulta más vergonzoso: la inmundicia que invade nuestras calles o la indolencia con que autoridades y ciudadanos hemos consentido el envilecimiento de nuestro mundo común.
Cajabamba ha crecido, ciertamente, pero de manera desordenada, sin que ese crecimiento haya venido acompañado de servicios públicos dignos ni de una gestión urbana previsora. A la insalubridad se suma la penuria del abastecimiento de agua potable, reducido en la zona donde me encuentro a unas escasas cuatro horas diarias. Una precariedad inadmisible que obliga a los vecinos a almacenar agua para satisfacer sus necesidades más elementales.
¿Dónde están nuestras autoridades ediles? ¿Qué previsión existe para una festividad que se celebra todos los años? No basta con engalanar la plaza, presidir ceremonias y pronunciar discursos sobre las bondades de nuestra tierra, mientras sus calles se convierten en estercoleros y sus habitantes padecen la intermitencia de un servicio tan indispensable como el agua. La desidia municipal y la falta de civismo no pueden seguir disimulándose bajo el entusiasmo de las celebraciones. Y ante semejante espectáculo, no puedo evitar preguntarme: ¿qué paisaje pintaría hoy el insigne José Sabogal, que supo encontrar en Cajabamba la belleza de sus calles, sus gentes y sus rincones? ¿Qué quedaría de aquella estampa provinciana si tuviera que retratar ahora nuestras calles convertidas en muladares? Acaso su paleta ya no encontraría los colores de aquella Cajabamba entrañable, sino los tonos sombríos de nuestro abandono.
F. Urbina H.

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